Mocos verdes – Sinonimo de antibióticos?

Señoras y señores, dándole la bienvenida a la época invernal, vamos a hablar de los mocos cuyo color, por causa de alguna obsesión extraña, es algo que nos resulta crucial como seres humanos que somos. Especialmente para los padres y las madres (y me incluyo) que llegan al consultorio del pediatra al grito de “Son verdes, ¡son VERDES!”.

Mocos verdes - Sinonimo de antibióticos?

Empecemos por decir que todos tenemos moco. Reyes, reinas, futbolistas, premios Nobel y hasta el Papa. Y no estoy diciendo “hemos tenido” en referencia a algún resfrío pasado. No. Todos TENEMOS moco. Existen varios tipos de mocos y todos ellos tienen funciones diferentes. En este mismo momento, muchos de nuestros tejidos (desde los más imaginables como la boca, los ojos y la nariz hasta los más pudendos como el ano o los genitales) se protegen con mucus. Los pulmones, por ejemplo, producen mucus para protegerse contra la deshidratación, el estómago para que el jugo gástrico no lo ataque, el esófago como lubricante para que no se nos quede a medio camino la pechuga de pollo. Y así sucesivamente.

Pero aboquémonos al que llamamos moco en criollo, al que se saca con el dedo de la nariz y con el que algunas personas muy creativas pueden incluso construir esculturas. Normalmente nuestro cuerpo produce cantidades de moco razonables (un adulto estándar puede producir aproximadamente 3/4 litro por día) gracias al trabajo de unas células que se llaman caliciformes y recubren el interior de la cavidad nasal. Son el filtro que tiene la nariz para evitar que ingresen impurezas a los pulmones (“atrapan” polvo, polen, bacterias, etc). Además sirven para lubricar y limpiar las membranas de la nariz, humedecer el aire y regular su temperatura. Y esto que puede parecernos repugnante y asqueroso, en realidad es una barrera de protección que nos salva la vida.

Normalmente el moco, que está formado por más de un 95% de agua, es transparente y no nos gotea de la nariz. Es más, la mayor parte la tragamos y no nos damos cuenta. Pero todo esto puede cambiar…

Si nos contagiamos un virus o una bacteria que entra en nuestro cuerpo a través del sistema respiratorio, la única manera de limpiar la nariz y así poder deshacernos de tanto bicho es a través de los mocos y los estornudos que hacen salir con fuerza el aire y arrasan con todo a su paso. Por eso es que el resfrío y los mocos en exceso siempre van de la mano. En un principio, los mocos son semitransparentes y muy fluidos. Esos que parecen “agüita” saliendo de la nariz y que nos gotean constantemente. Pero, a medida que avanza el resfrío cambia la consistencia y también el color. Así, por ejemplo, para los más detallistas pasamos de amarillo pastel a amarillo verdoso, a verde brillante y verde musgo. El problema parece ser que surge justamente cuando cambian de color. Y esto es, en parte, porque por alguna razón hay una regla implícita en nuestra sociedad que sentencia: “Si los mocos son verdes hay que tomar antibióticos”. ¿Cuán cierto es?

En general la culpa de los resfríos la tienen dos familias de virus: los rinovirus y los coronavirus. Así que por ese lado, de bacterias ni hablar. Y ya sabemos que si no hay bacterias, los antibióticos no tienen nada que hacer. Pero en realidad, las bacterias aparecen al fin y al cabo. Y esto ocurre porque aprovechando el caos que generan los virus, ven la oportunidad de atacar. Por eso muchas veces lo que empieza como una infección viral puede terminar siendo bacteriano. Y el cambio de color tiene algo que ver con esto.

La explicación clásica que se dio durante muchos años a este cambio es que el color verde era culpa de la existencia de dos tipos de bacterias en el moco: Stafilococus aureus, de color amarillo-oro (por eso aureus) y Pseudomonas pyocyanea, de color azul (por eso cyan). Todos aprendimos en la escuela primaria que si mezclamos amarillo y azul obtenemos verde. Dependiendo de la cantidad que pongamos de uno u otro color, tenemos toda la gama del arcoíris de los mocos. Esta explicación es concisa, sencilla y hasta permite a los hinchas de Boca decir que llevan a su equipo no solo en la sangre sino también en los mocos.

Hoy por hoy (y esto puede cambiar como todo en la Ciencia) se piensa que el color en realidad es una consecuencia de la batalla que ocurre entre nuestras propias células de defensa y estos bichos inmundos que nos quieren enfermar. Dijimos que en el caos las bacterias empiezan a poblar nuestros mocos naturales. Imagínenlo como una película de acción.

Nuestros soldados de defensa están luchando contra los virus. Y aprovechando la distracción, por detrás nos atacan las bacterias. Y claro, nuestro sistema de defensa reacciona, se prepara para pelear en ambos flancos y ¡acción! Algunos de estos soldados son los neutrófilos, encargados de “tragarse” (fagocitar) a toda bacteria o agente sospechoso que encuentren a su paso. Cuando un neutrófilo fagocita una bacteria la tiene que destruir. Para eso tiene a su disposición varias herramientas: enzimas, especies reactivas de oxígeno, etc. Una de estas enzimas pertenece al grupo de las peroxidasas, que tiene un alto contenido de hierro porque lo utilizan como cofactor.

Cuando la batalla está en su punto máximo, hay víctimas de ambos bandos y los mocos (que vendrían a ser el pegajoso campo de batalla) se llenan de células muertas, restos de bacterias y enzimas, entre ellas la peroxidasa. Este hierro desparramado por ahí en distintos estados de oxidación y formando distintos compuestos es el que daría a los mocos su llamativo color verde.

Hay un detalle complementario y es que la presencia del moco verde duro significa que las mucosas están resecas y necesitan hidratación. Después de todo el moco es casi todo agua.

En resumen, haber bacterias en el moco verde hay pero eso no significa que deban erradicarse con antibióticos porque el origen de la enfermedad lo produjeron los virus. Pero hay veces en que, pese a tener un virus, nos recetan antibióticos. Y esto que vimos recién es la explicación: tantas bacterias aprovecharon para colarse que necesitamos un poco de ayuda “extra” para destruirlas antes de que todo empeore.

Y como siempre recuerden que ante cualquier síntoma o duda hay que consultar al médico que es el que tantos años estudió para poder ayudarnos y diagnosticarnos, no limpiarse la nariz con la manga y menos que menos dejar pegados los mocos en el pasamanos del colectivo.

Por Valeria Edelsztein* (@ValeArvejita)

Doctora en Química de la UBA, docente del Depto. de Química Orgánica de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (UBA) e investigadora del CONICET. Columnista en “Científicos Industria Argentina”. Autora de los libros “Los remedios de la abuela. Mitos y verdades de la medicina casera” y “Científicas: cocinan, limpian y ganan el premio Nobel (y nadie se entera)” (ambos pertenecientes a la Colección Ciencia que ladra, Ed. Siglo XXI).

Sábado 22 jun 2013
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